... En alta mar, donde el viento sopla con fuerza, la mar revuelta empuja un velero que navega a la deriva. El mástil principal resta partido sobre la cubierta y el velamen cubre parte de la popa, quedando parte de ella flotando en la mar embravecida.
La noche está a punto de caer, los últimos rayos de sol son atrapados por las negras nubes de tormenta, hasta que el desfile de gruesas gotas cubre rápidamente todo cuanto la noche abarca.
El bravo oleaje corretea de un lado a otro de la cubierta, meciendo los cabos sueltos del velamen. Restos de madera, del mástil, permanecen clavados en la maltratada cubierta. Parte del camarote se puede contemplar desde el exterior y se puede observar como de él surge una tenue luz amarillenta, proveniente de lo que parece ser, una lámpara, que alegremente rueda por el suelo.
Los destellos lejanos, amarrados en el horizonte, presagian la fuerte tormenta que se aproxima al velero. El oleaje, creciente y salvaje, zarandea la pequeña embarcación con alegría, como si llevara mucho tiempo sin verla, abrazándola con fuerza, no dejando ni un instante, recuperarse de tanta pasión.
La espuma marina, alborotada de tanta emoción, cubre la mar con una densa capa, que desde la lejanía se puede contemplar como si el barco formara parte de una tarta que parece cobrar vida.
La lluvia se hace más densa, el viento sopla con más fuerza y la embarcación tiembla con mayor intensidad. El mástil tambalea, sujeto aún por su base truncada, con un grito agónico termina por partirse y separarse de su amada, cae al mar y se aleja lentamente arrastrando el velamen que lo acompaña en un vals de etérea fascinación.
La plácida noche que había en alta mar iluminada por la cúpula de estrellas, ahogó toda luz entre sus nubes llenas de ira. El reflejo en la mar de aquella embarcación se mostraba fantasmal, fugaz de no ser por los extraviados rayos de luz que surgían del camarote. Una silueta se desdibuja en la cubierta, zarandeada por el mar revuelto, empujada por el fuerte aire y frágil ante la dura batalla que se desarrollaba con cruel desventaja. La tenue silueta resta apoyada en lo que queda del malogrado mástil, comienza a moverse con dudosa y ausente vitalidad hasta que alcanza la trampilla que da acceso al interior del velero.
Una vez dentro del camarote, el ruido de la tormenta se aprecia lejano, ahogado por la gruesa madera que envuelve la habitación. El rostro del individuo se oculta bajo un impermeable de color amarillo, mientras que la luz tambaleante, de la lámpara que cuelga del techo, proyecta figuras de seres extraños y de otro mundo sobre la pared.
Lentos pasos, que eternos se hacen en su mente aturdida, dirigiéndose hacia un pequeño armario que colgado al lado de la puerta, se columpia sujeto de uno de los enganches tentado a caer. Con una mano sujeta el pequeño armario, con la otra abre la portilla y de él saca unos vendajes, agua oxigenada y esparadrapo. Las piernas le comienzan a temblar hasta que, sin fuerzas en un desmayo momentáneo, cae en el húmedo suelo. Los objetos que llevaba en la mano se reparten por el suelo, el agua oxigenada comienza a verterse reaccionando con el suelo, creando una leve y fugaz espuma.
Con lentos y torpes intentos consigue incorporarse, quedándose apoyado sobre sus rodillas en una posición que podría parecer incómoda. Con síntomas de dolor se retira una parte del impermeable dejando al descubierto la manga rasgada y ensangrentada de un jersey de lana gris. Terminando de rasgar la manga con la mano libre, coge el frasco de agua oxigenada y vierte el resto descuidadamente sobre una larga y profunda herida en el antebrazo. La sangre comienza a reaccionar al contacto con el líquido formándose una espuma blanca y rosada.
La tormenta endurece sus embestidas, está convencida de derrotar la embarcación y la empuja, invadiendo el interior del camarote. El individuo vuelve a caer golpeándose la cabeza contra la pared. Pierde levemente el conocimiento, el aturdimiento le deja a merced de las fuertes embestidas, rodando por el suelo. Permanece tumbado en el suelo, ahora una segunda herida le hace perder sangre, una pequeña brecha en la cabeza lo debilita aún más, claros síntomas de fatiga lo ahogan en aquel pequeño habitáculo. lentamente va perdiendo la conciencia, todo su entorno se vuelve borroso, la luz de la lámpara comienza a cubrirse de una oscura y densa niebla.
..............................................................
La luz del amanecer entra cálidamente por la luna delantera del coche, deslumbrándome, cegándome durante unos instantes, ocultándome la extenuante visión del inmenso puerto lleno de pequeñas barcazas, todas ellas apuntando con sus mástiles desnudos hacia el ahora el ardiente cielo del amanecer.
Bajo del coche lentamente, mis ojos no pueden evitar fijar la mirada en el horizonte contemplando el límite del mundo y sentir que el mar se está cayendo a través de aquel precipicio. A unos cuantos metros cerca de mí, en calma, duerme mi pequeño velero, vestido con un largo traje blanco con la insignia de una gaviota esculpida a fuego en su lomo. Hoy se convertirá en mi único e inseparable compañero durante, lo que espero sean, eternas jornadas navegando hacia lejanas costas inalcanzables.
Pongo un pie sobre la pasarela y comienzo a sentir como los nervios se apoderan de mi conciencia, apretándome el abdomen, haciéndome un nudo en la boca del estómago, provocándome un irremediable hormigueo que me adormece las manos, me hace estremecer, acompañado de la sensación como si el oleaje del mar me incitara con cada una de sus tenues embestidas.
Todavía no soy capaz de entender que estoy haciendo ahí, dejándolo todo atrás, cazando nuevas metas, huyendo de mi vida anterior... aunque esta vez no voy sólo, armado con un arpón el cual no lleva atada una soga con la que recuperar la presa, aventurado a perderme en la profundidad de mis recuerdos, soñar con la estupidez de mis fracasos, sólo ante un mar de azules tristezas llenas de noches estrelladas y mañanas lluviosas.
Contemplo tenuemente la fugaz despedida de la orilla, como las altas torres del puerto se van convirtiendo en borrosos alfileres que descosen el cielo en deshilachadas nubes cayendo sobre la ciudad. Y como una montaña tan cercana como estaba esta mañana, la suerte de mi vida, la ha convertido en un pequeño montículo de arena que se desmorona por cada empujón, por cada salto, por cada silbido del viento que atraviesa el pálido velamen.
.........................................................
...Y navegando junto a mi velero contemplo como los delfines golpean el agua con sus largos cuerpos. Contemplo como sin apenas esfuerzo acompañan la embarcación alejando mi soledad en medio del mar.
Y ante toda aquella función de actores mudos, apoyado en la barandilla del barco, recuerdo todos aquellos años en la fábrica, y como las miradas que entrecruzábamos nos provocaban esas sonrisas tan inocentes...
... Ahora sólo me resta esperar, recordar, contemplar de nuevo como tu mirada rebusca en el horizonte intentando dibujar la silueta de un barco, y una vez llegado a puerto, poder bajar de él para abrazarte una vez más.
..............................................................
... Y en un mar de lágrimas, la sonrisa de aquella sirena me mostró la dulzura de sus pensamientos, y la tristeza que me embargaba se perdió en un suspiro. El aire que respiraba me emborrachó de alegría, me mareó, me hizo tambalear, inevitablemente caí al mar.
El olor de la mar me saturaba los sentidos, el fuerte oleaje me alejaba de la embarcación. Todo el esfuerzo parecía inútil, todo movimiento me alejaba de ella. Comenzaba a ponerme nervioso. Sentía el corazón palpitar en mi cabeza y el cansancio se apoderaba de mis piernas, de mis brazos, de mi alma. Sólo tenía en mente la imagen de aquella criatura sonriendo con excesiva dulzura para ser real.
Los intensos rayos de sol se ocultaban tras aquellas inmensas olas, me pesaba el cuerpo y sólo me quedaba una opción, dormir...
..............................................................
Llevo diez noches en la isla, el viento me susurra canciones de barcos hundidos, de marineros perdidos en la inmensidad de la bruma del océano. No consigo divisar ninguna embarcación en el horizonte, empiezo a desesperar. La isla permanece en completo silencio. Durante el día advierto como algunas gaviotas se acercan para descansar en las rocas y sobre la arena de la playa. Pero por la noche no se oye nada más que el oleaje del mar chocando contra las rocas., y el viento, ese eterno viento triste y melancólico que me obliga chillar, a ordenarle que detenga esa marcha fúnebre, pero no me hace caso, y continúa hasta que olvido de quien soy, donde estoy, si realmente existo.
En tres ocasiones me he adentrado en lo que parece ser la selva para buscar agua potable, pero lo extraño es que no he encontrado presencia alguna de animales. Lo único que rompía aquella tranquilidad eran mis pasos, haciendo crujir la vegetación bajo mis pies. La densa vegetación no me ha permitido ver más allá, incluso en algunos momentos parecía que la noche caía. Volvía siempre con algo de fruta y leña para hacer un fuego que con algo de suerte alguien vería desde la cubierta de su barco, pero no lo tenía muy claro si así podía ser.
He tallado una rama, con la ayuda de una concha vieja que había semienterrada en la arena, para poder pescar algunos peces desde las rocas. Con muchos intentos, consigo algo, dos o tres peces pequeños, pero que dudo puedan saciar mi apetito.
Los primeros días fueron horribles ante la imposibilidad de hacer fuego. Los primeros peces que tristemente me concedió el océano sabían horribles, no consigo borrar ese sabor. Contemplo el indefenso animal, coleteando, intentando zafarse de mis manos para volver a nadar libremente. La necesidad puede al hombre y mi estómago comenzaba a resentirse recordando aquellos lujosos manjares. No pensé, únicamente cerré los ojos...